El aire es esencial para la vida. El oxígeno nos permite respirar y nos exige que pasemos la vida consumiendo aire obligatoriamente en cada aliento que tomamos. También nos permite quemar combustibles para cocinar los alimentos y alimentar nuestras industrias y sistemas de transporte. Por desgracia, la combustión de estos combustibles y las emisiones de contaminantes resultantes de la industria y el transporte dañan la calidad del aire, por lo que ninguno de nosotros respirar aire puro nunca más. En cambio, la atmósfera contiene gases y partículas contaminantes invisibles pero inhalables que representan una amenaza para nuestra buena salud, especialmente para las personas con enfermedades respiratorias (como asma) y cardiovasculares (como problemas de corazón). Esto es especialmente cierto en nuestras ciudades, donde la mayoría de los seres humanos vivimos ahora.
Otro efecto indeseable de la contaminación atmosférica producida por los humanos (es decir, contaminación “antropogénica”) es su efecto en el clima. Los resultados futuros exactos del cambio climático antropogénico son aún desconocidos, pero es evidente que las concentraciones de gases de efecto invernadero (principalmente CO2) han aumentado dramáticamente, junto con la casi triplicación de la población humana, desde la mitad del siglo 20. Ahora ya sabemos que sería de sabios entender, controlar y reducir nuestras emisiones de contaminantes atmosféricos con el fin de disminuir el riesgo de un cambio climático catastrófico.
Hay una serie de contaminantes del aire con diferentes impactos en el ambiente y nuestra salud. Entre los gases se encuentran el dióxido de carbono (CO2), monóxido de carbono (CO), dióxido de azufre (SO2), óxidos de nitrógeno (NO y NO2), ozono (O3), amoniaco (NH3) y sulfuro de hidrógeno (H2S). El material particulado sólido (denominado “PM”) presente en la atmósfera es una mezcla de materiales procedentes de una amplia variedad de fuentes tanto naturales como antropogénicas. Estas fuentes incluyen los minerales del suelo resuspendidos por los vehículos de transporte y viento, polvo liberado por las actividades de construcción, la calefacción residencial y el humo de chimeneas industriales, y el tubo de escape de vehículos de carretera, desgaste de los neumáticos y las emisiones de las pastillas de freno. De hecho, en nuestro siglo, el tráfico es el que inflige el daño más evidente en la calidad del aire en la ciudad, especialmente obvio en los “puntos calientes” pero también de manera generalizada en todo el ambiente urbano. Dondequiera que vivamos y viajemos en la ciudad, no podemos escapar de inhalar la contaminación del tráfico, pero sí podemos ayudar a reducirla al tomar decisiones en nuestro estilo de vida, tales como el uso de otros medios de transporte.
Adaptado en parte de Querol X., Viana M., Moreno T., Alastuey A, Pey J., Amato F., Pandolfi M., Minguillón MC., Reche C., Pérez, N., González A., Pallarés M., Moral, A., Monfort E., Escrig A., Cristóbal A., Hernández I., Miró JV, Jiménez S., Reina F., Jabato R., Ballester F., Boldo E., Bellido J. Bases científicas para un Plan Nacional de Calidad del Aire (En Español). Colección Informes CSIC, 3, 2012, ISBN 978-84-00-09475-1, 349 pp.

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